El debate sobre la pertinencia del llanto en los pasillos de la oficina adquiere más importancia en una coyuntura mundial en la que las emociones están a flor de piel. ¿Llorar en público puede afectar tu profesionalidad?

Al nacer, el llanto es el primer signo de vida y salud de un bebé. Así llegamos todos los humanos sanos al mundo: llorando. Sin embargo, el significado que se le atribuye a las lágrimas se transforma conforme los recién nacidos se convierten en adultos: deja de ser sinónimo de vitalidad para asociarse con vulnerabilidad.

Mientras que figuras públicas como Donald Trump aún asumen el llanto como debilidad, otros líderes como el gobernador de Massachusetts, Charlie Baker, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el expresidente Barack Obama han desligado su emocionalidad del tabú y han llorado teniendo al mundo entero como público.

En escenarios empresariales más locales, la discusión sigue viva y reforzando estereotipos de género: algunos entienden llorar en la oficina como falta de competencia, signo de flaqueza y recordatorio de una fragilidad indeseable. Especialmente si las lágrimas provienen de un hombre.

Según una investigación realizada por la autora Anne Kreamer, para su libro It’s Always Personal: Emotion in the New Workplace41 % de las mujeres admiten haber llorado alguna vez en su trabajo mientras que tan solo un 9 % de hombres reconocer haberlo hecho. 

Esto responde a que “socialmente a los hombres no se les valida la emoción de la tristeza, del mismo modo que a las mujeres no se les reconoce la rabia al asociarla con histeria. Afortunadamente, estos estereotipos han ido cambiando, pero hay que seguir transformándolos”, explica Marcela Valle Cuéllar, psicóloga logoterapeuta, tallerista y conferencista.

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Estas creencias están muy lejos de la realidad biológica del llanto: “Llorar es un proceso natural y autónomo, un modo de expresar una o más emociones de una gama amplia de posibilidades: tristeza, rabia, felicidad, impotencia, frustración, miedo”, asegura Valle Cuéllar.

Como en una sala de partos, el llanto es parte fundamental de estar vivo en la adultez. Y precisamente porque son seres vivos quienes protagonizan una compañía, la emocionalidad no puede desconectarse durante el horario laboral.

“Me niego a creer que somos una persona de lunes a viernes de 9 a 5 y otra distinta por las noches y el fin de semana. Todos somos humanos, tenemos sentimientos y no pasa nada por compartirlos en el trabajo“, dijo en una entrevista Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook, quien ha admitido haber llorado en su trabajo.

¿Está bien, entonces, llorar públicamente?

El llanto —expresión de una emoción que puede manifestarse en cualquier momento de la vida, y del día, de cualquier ser humano— no es catalogable dentro de esferas morales. “Las emociones no son buenas ni malas, son solo emociones. Lo que es bueno o malo es lo que el individuo decide hacer con ellas”, complementa la especialista.

Tanto prima la gestión de sentimientos sobre ellos, en sí mismos, que del horror bélico han surgido expresiones artísticas hermosas y reconfortantes. El Guernica, de Pablo Picasso, refleja el dolor de la Guerra Civil española, por ejemplo.

Más que negar las emociones sentidas —algo que sucede tradicionalmente desde la crianza—, es importante identificarlas, vivirlas y gestionarlas de la mejor manera: llorando, pintando un mural, escribiendo, haciendo ejercicio o a través de cualquier actividad que sea catártica para el individuo.

En efecto, llorar en el trabajo puede ser una gestión adecuada y traer beneficios personales: “Libera el estrés originado por la emoción, lo que permite ser más productivo, comprensivo y consciente de la realidad; promueve la autoconfianza, autorregulación y autoconocimiento”, explica Pilar Forero Velandia, coach profesional de vida e inteligencia emocional.

Además, puede crear una cultura organizacional más fuerte: “Genera empatía, compasión, solidaridad, una visión integral del ser humano; y fomenta relaciones más profundas y significativas y un mayor cuidado del otro”, complementa Forero, quien es pupila del reconocido autor Daniel Goleman.

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También puede ser sinónimo de estar comprometido con la labor: “Llorar, además, significa que la empresa me importa, que el rol es relevante y tiene sentido en la vida porque, de no serlo, no habría una conexión emocional al desempeñarlo”, agrega Valle.

Por otro lado, asociar llanto con debilidad puede generar entornos tóxicos con un nivel bajo de inteligencia emocional y picos altos de desconfianza, algo que puede deberse a estereotipos culturales transmitidos generacionalmente.

“Se ha hecho un gran énfasis en racionalizar las emociones y muchas personas no están familiarizadas con las formas de expresarlas y, peor aún, no se admiten vivirlas y validarlas en los demás”, explica la terapeuta Marcela Valle.

Ser consciente del propio sentir se traduce también en una comprensión más profunda del ajeno. “En la medida en la que se reconocen las emociones propias, crece la empatía y el entendimiento hacia los demás”, complementa la psicóloga, convencida de que la pandemia es un momento ideal para reconocernos humanos y trabajar en el entendimiento mutuo de las personas.

“Las personas no cambian a menos de que haya una razón. La pandemia es una oportunidad de cada cien años no solo para creer en el cambio, sino también para impulsarlo. La pizarra ha sido limpiada. No hay vuelta atrás. Olvídate de hablar sobre el futuro, el futuro es ahora. Este es el momento de eliminar el velo de la arrogancia y revelar la realidad de la vulnerabilidad”, escribió el CEO de Korn Ferry, Gary Burnison, el pasado mayo en su sitio web.

Sin embargo, el sano equilibrio nuevamente se hace necesario. Un llanto excesivo, constante y del que no se puede identificar la causa, dentro o fuera del trabajo, más que signo de armonía emocional puede ser una señal de alarma sobre posibles desórdenes emocionales, como depresión o ansiedad.

Quizá sea el acercamiento al llanto uno de los factores que diferencian a los jefes de la vieja usanza de los líderes del futuro.

“Un líder real admite la emocionalidad propia y ajena, y se comunica con los demás desde la esencia del ser humano, de la que hace parte llorar. La mentalidad del liderazgo no asocia el llanto con debilidad; muy al contrario, reconoce el gran valor y autenticidad que requiere admitirse vulnerable”, concluye Valle.

El coaching equino toma como referente a este animal con el fin de potenciar el liderazgo, la inteligencia emocional, la cohesión de un equipo y la aceptación del cambio.

Con una soga, un participante (quien interpreta el papel del líder) lleva al caballo (que representa al equipo de trabajo) de un punto a otro, sorteando algunas situaciones, barreras u obstáculos. Mientras tanto, un experto en el comportamiento equino y otro en Recursos Humanos toman nota. Incluso, se graba un video con el fin de realizar una retroalimentación al final de la actividad, con la cual se busca responder a la siguiente pregunta: ¿qué tipo de liderazgo se ejerció?

Hay quienes se asustan y, literalmente, se hacen detrás del animal y dejan que este haga su camino; otros, por el contrario, toman valor, están muy convencidos de lo que saben y se ponen por delante, tomando distancias, apenas fijándose en su entorno; entre tanto, otros se ubican adelante pero mantienen la cercanía con su ‘compañero’, guiándolo, sin jalarlo a la fuerza, inspirándole confianza.

Esta es una de las actividades propuestas en el coaching equino o coaching asistido con caballos, concepto surgido en Estados Unidos, en los años 90, donde se toma la referencia de este animal por su carácter gregario, es decir, al ser una especie de presa, arma manadas con roles definidos: una yegua guía al grupo, unos impulsan desde atrás, otros protegen a los potros y un macho visibiliza las amenazas externas.

Dicha experiencia le conversa, de forma simbólica y vivencial, a ámbitos como la educación de niños, el trabajo con grupos universitarios, el mundo de los negocios y el manejo del capital humano.

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Frente a ese último punto, David Russ, experto en doma natural y coaching con caballos, considera que en el reto del liderazgo se refuerza el sentido de la empatía, pues el humano y el animal —un depredador y una presa— están en el mismo lugar, buscando una meta común. “El participante se da cuenta que es crucial saber entender al otro. Al saber cómo se siente un colaborador, un gerente puede ayudarle a reenfocar su rendimiento”, le contó desde España a Xposible.

No menos importante es la asertividad, el punto intermedio entre la pasividad y la agresividad. Por un lado, si el jinete es pasivo, el animal no confiará en él y deambulará por su propia cuenta; al otro extremo, solo se generará una relación de miedo y castigo. En este contexto, Russ, cofundador de H_ZLO (una consultora de desarrollo en equipos y liderazgo) tiene un lema: “Con el caballo usted tiene que ser tan suave como pueda y tan firme como sea necesario”.

¿Y cómo trasladar esta filosofía al manejo del recurso humano? “En el respeto al derecho que usted tiene a ser tratado con educación y al de su jefe de expresarle qué espera de usted”, complementa.

El reto grupal

Una persona se acerca a un caballo suelto en la pista. La tarea consiste en caminar de un punto a otro con una condición: este, por su propia voluntad, debe seguir al participante.

En realidad, el animal, al sentirse solo, buscará compañía. Así, comienza a seguir al individuo, quien ya le transmite algo de confianza. Sin embargo, del otro lado, los organizadores exhiben carteles que dicen “familia”, “trabajo”, con el fin de observar cómo reacciona al leerlos. ¿Se pone nervioso?, ¿se desconcentra?, ¿se estresa?… cualquier estremecimiento, cualquier paso en falso, lo manda todo al traste y se debe volver a empezar.

En este caso, se examina la inteligencia emocional, cómo la persona se conoce a sí misma e identifica, con la ayuda de una retroalimentación, qué anda bien y qué no en las diferentes dimensiones de su vida.

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Este ejercicio hace parte del portafolio del Grupo Walá, que lleva ocho años aplicando en Colombia el concepto del coaching asistido con caballos.

Luego de diagnosticar al individuo llega el turno del equipo. Naturalmente, la dificultad de los desafíos aumenta. En uno de ellos un grupo de 10 personas debe guiar a uno de cinco caballos —que están sueltos— por un circuito, teniendo en cuenta varias reglas: nadie puede hablar ni usar elementos externos (sacos, palos) con los animales. Si uno de ellos se espanta, se debe iniciar de nuevo.

Una vez concluido, el equipo revisa cómo armó la estrategia, qué tipo de líderes surgieron y qué tal estaba la comunicación: si era tan buena que incluso, en silencio, se entendieron, se adaptaron a los cambios, a las dificultades y ejecutaron un plan a la perfección, o bien, si fue un desastre, no había acuerdos y esto terminó por enloquecerlos a todos.

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El Grupo Walá ofrece diferentes actividades outdoor con el fin de abordar conceptos como el liderazgo, el trabajo en equipo o el servicio al cliente. Navegación, montañismo, cuerdas altas y bajas o buceo son algunos ejemplos. Pero el coaching con estos animales ofrece un plus, según indica Ernesto Barreto, su director: “se hace con un ser vivo que lee a las personas y nos demuestra que todos tenemos un lenguaje no verbal, cuya incidencia es mucho más grande de lo que imaginamos”.

No en vano, Winston Churchill afirmó alguna vez que “cuando usted está sobre un gran caballo, cuenta con la mejor silla que jamás tendrá”.

 

Un alto nivel de inteligencia emocional que le permita reconocer lo que está viviendo y acciones concretas para detener los comportamientos destructivos que le generan las emociones negativas son claves.

Comer desenfrenadamente, sentirse enojado sin razón, no poder dormir en las noches o querer dormir más de lo recomendado son algunas de las consecuencias que pueden estar trayendo para su vida el aislamiento y la incertidumbre propia de la crisis mundial que enfrentamos.

“Pocas personas son aptas para llevar una vida de teletrabajo porque la mayoría de las personalidades tendemos a ser seres sociales y nos cuesta enfrentar el poco relacionamiento con otros”, asegura Lyz Escalante, científica de la conducta, y reconocida por LinkedIn como Ejecutiva influyente para directivos y gerentes en México y Top Voice 2019 en Latinoamérica.

Una emoción negativa -explica- es el manejo no maduro de la situación que se debe enfrentar. “La mayoría de nosotros no estamos listos para asumir situaciones catastróficas como la que estamos viviendo y canalizamos nuestras emociones de forma negativa”, advierte Lyz.

La manera como se traducen estas sensaciones en las personas es a través de acciones destructivas: pereza de realizar cualquier actividad, un alto nivel de estrés, trastornos del sueño y alimenticios, y hasta con acciones violentas al interior de la familia.

Para frenar estas condiciones que pueden estar afectando la vida social y física de las personas, se debe contar con un alto nivel de inteligencia emocional: reconocer lo que está viviendo, identificar la emoción, entender a las otras personas con las que convive y plantearse acciones concretas que le permitan superar este sentimiento.

Establecer metas a corto, mediano y largo plazo de acuerdo con lo que le está generando un conflicto.

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“Hay que ser consciente de que los demás también están afrontando algo parecido a lo suyo, porque las emociones negativas no solo van a salir de usted. Tener empatía con las otras personas con las que comparte, de manera presencial o remota, es ideal”, puntualiza.

Lyz duró cerca de 24 años administrando el talento en varias compañías mexicanas y ahora está dedicada a diseñar modelos de competencias que permitan a las empresas lograr sus objetivos estratégicos.

En diálogo con Xposible, enunció estas 6 emociones negativas desencadenas de la coyuntura del mundo hoy y qué hacer para vencerlas.

 1. Frustración

Cuando una persona no hace una planeación efectiva de sus horarios y no establece metas individuales de trabajo (entregables individuales), le genera un alto nivel de frustración no poder cumplir con las actividades designadas.

“Poca gente sabe supervisar el teletrabajo, tienen poco rigor y disciplina al hacerlo, y normalmente te dejan desarrollando actividades que probablemente no tienen valor”, asegura Lyz.

¿Cómo enfrentarla?

La metodología Getting Things Done, un sistema de planeación de actividades del día a día y a largo plazo, con orientación a resultados, es una buena opción.

Plantearse metas personales que sean totalmente controladas por usted, objetivos alcanzables como establecer los reportes de entrega o la tarea acordada con su jefe.

Pero también objetivos a largo plazo: ¿qué quiere conseguir terminando el año? Si no tiene un objetivo inspirador, algo a lo que quiera llegar, aunque haga todas las actividades del día, no tiene un porqué, un propósito de vida que lo motive.

2. Soledad

La soledad no implica -necesariamente- estar sin gente. Se puede estar con la familia, pero la interacción que no se tiene con un compañero de trabajo, que permite rebotar y compartir ideas, genera alto nivel de soledad y las personas pueden entrar en depresión.

¿Cómo enfrentarla?

Manténgase en contacto y fortalezca las redes de apoyo existentes. Use las redes sociales (Facebook y LinkedIn) en donde puede tener interacción profesional.

Intente canalizar de manera positiva esa emoción y disfrútela, desarrollándose usted mismo. Vea tutoriales y continúe formándose académicamente. Coursera es una buena opción.

 3. Ansiedad

Cuando las personas están acostumbras a seguir una rutina de entrenamiento en un lugar particular o al aire libre y, por la situación actual, no pueden realizar actividad física, se genera mucha ansiedad y se descarga haciendo cosas contrarias como comer mucho. Los trastornos del sueño también pueden estar asociados a los estados de ansiedad.

¿Qué hacer?

Sea plenamente consciente de lo que está viviendo. De que esta es su nueva realidad y su vida se transformó.

Para evitar los desórdenes en sus rutinas de alimentación, haga una planeación precisa de las actividades de trabajo, los horarios de descanso, las horas de comida y otros momentos que le generen bienestar.

Leer o hacer actividad física en casa pueden ser buenas opciones. Algo diferente a comer, que lo que lo haga sentirse tranquilo. Estas serán sus ‘autorecompensas’ en este nuevo estilo de vida.

En una entrevista con el periódico estadounidense St. Cloud Times, la Dra. Julie Johnson recomendó una rutina que denomina ‘Tres cosas buenas’: “escribir tres cosas buenas antes de acostarse, comienza a cambiar la forma en la que vemos el mundo”, dijo Johnson. Escribir cosas positivas durante solo 14 días puede ayudar a las personas a dormir mejor.

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4. Enojo

Una situación familiar grata, que se vive de manera momentánea, en este punto puede resultar en enfado por la interacción constante con la familia. Se puede generar un alto nivel de rispidez, de discusiones sin sentido, porque no están acostumbrados a estar siempre juntos.

¿Qué hacer?

Acuda a esos recuerdos de antaño que le pueden hacer sentir nuevamente cosas bonitas: fotos de las vacaciones, de cuando sus hijos eran pequeños, videos de celebraciones importantes para la familia. Apelar a la nostalgia puede hacer que ‘se enfunden las armas’.

Y si la situación es muy tensionante, lo mejor es darse tiempo. El tiempo muerto en las discusiones también resulta ser un buen aliado.

 5. Incertidumbre

La situación actual ha provocado un alto índice de incertidumbre laboral y personal que recae como una cascada en otras emociones negativas.

¿Qué hacer?

Es momento de pensar en un plan B de vida. Con esta situación, va a atravesar un momento difícil, pero no le puede volver a pasar. Es el momento de generar una alternativa de ingresos, de negocio o de trabajo.

“Hoy es el coronavirus, pero no sabemos si mañana se pueda venir otra pandemia, otra catástrofe, otra situación económica grave. Lo de hoy es generalizado, pero a manera individual, cuántos despidos puede haber al año. Así que, para tranquilidad de cada uno, siempre debemos tener un plan B”, sugiere Lyz.

6. Miedo y paranoia

El temor en las calles se está empezando a traducir en una patología que es la paranoia y que es contagiosa. Este par de emociones pueden terminar en que de verdad se enferme.

¿Qué hacer?

La Asociación Estadounidense de Psicología sugiere que, en estos casos, las redes sociales elevan el temor; por eso, la recomendación es solo mantenerse informado a través de los canales adecuados y en una justa medida.

Investigadores de la Asociación descubrieron que, a medida que las personas leían más sobre el virus del Zika (2016) en redes sociales, su percepción del riesgo aumentó. Y otro estudio reveló una fuerte asociación entre la cobertura de los medios sobre los atentados de la Maratón de Boston (2013) y los síntomas de estrés agudo.

Trate de estar tranquilo y calmado, para no generarse problemas médicos. Escuchar música clásica y meditar pueden ayudarlo.

Un último consejo…

La principal recomendación es no sentir miedo de buscar ayuda. En Bogotá está activada la línea 106 si presenta estos u otros problemas de salud mental durante la cuarentena.

Una epidemia dentro de una pandemia. Así se refiere la fundación Well Being Trust sobre los efectos psicológicos del desempleo en el mundo. El suicidio y el abuso de alcohol y drogas serían los principales medios.

El 30 de junio, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) reveló que la tasa de desempleo en Colombia, en mayo de 2020, había alcanzado el 21,4 %. En mayo del año anterior, la tasa había sido de 10,5 %.

El resto del mundo ha tenido una dinámica similar. En Estados Unidos, por ejemplo, la tasa de desempleo llegó en abril a 14,7 % —se calcula que desaparecieron 20,7 millones de empleos—. En España, según su banco central nacional, se estima —en el peor escenario— una tasa al final del año de 23,6 %.

Según una encuesta realizada por el Observatorio Pulso de Consumidor de SINNETIC, con el apoyo de la Universidad del Rosario y El Tiempo, 32 % de los colombianos considera que puede perder su trabajo como consecuencia de la crisis por la COVID-19, porcentaje que se eleva al 38 % en los jóvenes menores de 30 años de edad.

La encuesta también reveló que los empleos asociados con la venta de vehículos, el cuidado de niños, las artes, el diseño, la actuación, la música, los servicios domésticos y las aerolíneas son los que están en mayor riesgo. El caso contrario: las personas que trabajan en agricultura, fábricas de alimentos, salud, supermercados e hipermercados.

Para Darwin Cortés, profesor de la Facultad de Economía de la Universidad del Rosario, “Las políticas para enfrentar la crisis por la COVID-19 están focalizadas en los más desfavorecidos, por lo que grupos amplios en las clases medias van a quedar desprotegidos y en alto riesgo de caer en la pobreza”.

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Los riesgos y efectos psicológicos del desempleo

La fundación Well Being Trust, que se dedica a promover la salud mental en Estados Unidos, presentó un estudio con las predicciones de lo que denomina Deaths of despair (muertes por desesperación), a causa de uno de los efectos colaterales de la pandemia por coronavirus: el desempleo.

En el mejor escenario —una recuperación rápida de la economía—, el informe calcula la muerte de 27.600 personas en el país gobernado por Donald Trump. En el peor —una lenta recuperación y un gran impacto del desempleo—, prevé 154.000 muertes. El punto medio: 68.000.

La fundación insiste en que estas predicciones se pueden prevenir y ofrece algunas respuestas.

“La literatura es clara: el desempleo es un factor de riesgo para el suicidio y la sobredosis de drogas, así como una disminución de la salud en general. Las soluciones deben centrarse en proporcionar un trabajo significativo a quienes están desempleados. El servicio social puede ser un antídoto poderoso contra la desesperación, y la pandemia ofrece oportunidades únicas para emplear una nueva fuerza laboral”, dice el estudio.

Las otras soluciones que plantea son: conectar a las comunidades —puede ser algo tan simple como cantar desde un balcón—; incluir, en los esfuerzos contra la COVID-19, la recuperación de la salud mental —a través de pruebas y seguimientos—; involucrar a los líderes en las tareas de concienciación sobre el tema; incentivar políticas de atención médica domiciliaria o de telemedicina, entre otras ideas.

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Preguntar. Hablar. Prevenir

Los componentes psiquiátrico y psicológico son solo una parte de la salud mental. Esta tiene muchos componentes, como el ingreso al sistema básico de agua potable y educación, la igualdad de género, la alimentación, tener una familia y un estilo de vida saludable, y otros como tener una actividad laboral significativa”, explica Antonio Toro, médico, psiquiatra, docente y jefe de posgrados de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia.

Y añade: “La importancia del trabajo va más allá de la parte económica, ya que en un espacio laboral se socializa, se es importante para otros, se es importante para sí mismo, se obtiene una remuneración”.

Entre los síntomas o características que una persona desempleada puede padecer —y que a mediano plazo se pueden convertir en trastornos de ansiedad y depresión si hay antecedentes o no hay un acompañamiento—, Toro menciona los siguientes:

Entre las recomendaciones que el psiquiatra da para mantener una buena salud mental están informarse y hablar.

“El año pasado la Asociación Colombiana de Psiquiatría tenía una campaña contra el suicidio que decía: ‘Prevenir es preguntar’. Ese es el punto: hablar del tema. Es decir, preguntar al familiar o al amigo cómo se está sintiendo, cómo está el ánimo, por qué está tan irritable”, dice e insiste en que el distanciamiento en esta pandemia debe ser físico y no social.

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Otras recomendaciones que hace son:

Sobre este último punto, Toro habla sobre la importancia de conocer las distintas líneas de atención en salud mental que ofrecen gratuitamente universidades —por ejemplo, la Universidad de Antioquia—, municipios y departamentos.

“En esa llamada, la persona experta en salud mental puede hacer una intervención si el paciente está en crisis, acompañarlo psicológicamente en la resolución de problemas, identificar trastornos ansiosos o depresivos y, dependiendo de la magnitud, derivar al paciente a atención psiquiátrica”, explica.

El síndrome de Burnout o síndrome del ‘quemado’ es un trastorno con implicaciones conductuales, emocionales y de relación con la personas. Se produce por estrés crónico derivado de la presión constante en el trabajo, causando síntomas como el desinterés. Para mitigar este trastorno la fórmula está en aplicar la inteligencia emocional.

Según Lourdes López, co-fundadora de Emotiva’t, compañía española experta en Inteligencia Emocional, “desarrollar este tipo de inteligencia tiene un impacto en la medición de resultados: menos bajas por estrés y ausentismo y mayor retención del talento y productividad”.

Por esa razón, las áreas de Talento Humano deberían generar estrategias en pro del aumento de la inteligencia emocional de sus colaboradores, con el fin de que estos sean más conscientes de sus actos y aprendan a actuar frente a escenarios de estrés.

Para lograrlo, López recomienda que se evalúe en qué punto está la organización, es decir, cuáles son las debilidades que tiene y qué emociones negativas le están restando efectividad en general. “Entender qué sucede es esencial para mejorar resultados”.

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En cuanto a las acciones, es necesario desarrollar la inteligencia emocional de los propios colaboradores a través de la formación, sobre todo en los cargos de liderazgo.

Pero no es lo único, hay otro factor muy importante, que es comprender “de qué manera la organización aplica criterios de inteligencia emocional en todos sus procesos y políticas: protocolos de bienvenida y desvinculación, procesos de selección, salario emocional, conciliación de vida laboral y familiar, coherencia entre comunicación interna y externa, implementación de los valores y la misión de la organización en todos los niveles jerárquicos”, afirma López.

“RR. HH. cumple un papel clave en este proceso, entre otras cosas, porque es el garante de la formación de los colaboradores e interviene en el diseño de muchas políticas que tienen un gran impacto emocional en los trabajadores (políticas de retribución, desarrollo de la carrera profesional, entre otros)”, agrega. Cabe aclarar que esto siempre debe ir de la mano de la alta gerencia, que es la que logra que los objetivos se lleven a cabo en términos financieros.

Entonces, ¿cómo convencer a los directivos de aplicar la inteligencia emocional para mitigar el síndrome de Burnout en los colaboradores?

Haciendo énfasis en que “las personas emocionalmente inteligentes son más capaces de sobrellevar situaciones de presión y tienen un mayor nivel de resiliencia, es decir, que se recuperan más rápidamente de las situaciones complicadas, son menos propensas a sentirse víctimas del entorno, son más proactivas y se sienten co-responsables de su realidad, lo que significa que siempre están dispuestas a llevar a cabo acciones para cambiar lo que creen necesario”, enfatiza López.

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Al final, una organización emocionalmente inteligente, además de ser más productiva y enfocada en las labores, es atractiva para los talentos que están fuera de la compañía, pues una persona siempre preferirá una empresa que le brinda posibilidades de desarrollo y bienestar emocional, por encima de otra que le genera incertidumbre y presión.

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