Para Leidy Cuestas, el servicio está primero. Esta premisa la llevó a desarrollar un proyecto que hoy es su misión de vida: Kit Smile, una oportunidad para niños con parálisis cerebral.

El movimiento es inherente a la vida. Es una acción indispensable para conectar con el entorno desde el nacimiento. Particularmente en la infancia, el cuerpo es un vehículo de exploración para palpar y descubrir el mundo. Sin embargo, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), para 4 de cada 100 niños que sufren de parálisis cerebral, no es así.

Se trata de un grupo de trastornos que afectan el desarrollo normal del cerebro, generalmente durante el embarazo, causando daño en la corteza motora y limitando la capacidad de movimiento de los niños. Algunos de los síntomas son reflejos exagerados, rigidez de las extremidades y movimientos involuntarios.

Para Leidy Cuestas, diseñadora industrial y CEO de Kit Smile, la parálisis cerebral era una realidad desconocida, una estadística más, hasta que conoció a Laura. Cuenta que “en diciembre de 2013 viajamos al pueblo de mi mamá, Maya, Cundinamarca, y conocí a Laura, una niña de cinco años con parálisis cerebral que vivía en muy malas condiciones. Permanecía en un coche viejo y dañado”. Una situación definitiva en la vida de Leidy Cuestas, quien había atravesado dificultades luego de la muerte de su padre.

Junto a su madre y hermana gemela empezaron de cero. Trabajar juntas fue la mayor lección de valor que pudo haber recibido. Además, fue la perspectiva que despertó ese instinto de entender las necesidades que tienen otras personas. “Creo que esa experiencia fue lo que me ayudó a desarrollar esa ‘parte social’”, asegura.

De nuestro archivo: Emprendimientos colombianos que transforman el país

Su encuentro con Laura coincidió con el desarrollo de su proyecto de grado. “Fue tanto el impacto que esa historia tuvo en mí, que decidí dedicar ese año de investigación a diseñar algo que le cambiara la vida de esa niña. Empecé a investigar qué era la parálisis cerebral desde el ámbito de diseño, hasta conectarla con el universo médico”, cuenta la emprendedora de 26 años.

Aunque esta es una enfermedad que puede desarrollarse en cualquier embarazo, afecta en mayor medida a poblaciones vulnerables y de escasos recursos, quienes tienen dificultad para acceder a servicios de salud, aumentando los riesgos durante el parto.  Ese era el caso de Laura: “cuando hablé con la mamá para preguntarle qué tenía la niña, me dijo: ‘no sé; tiene algo en el cerebro, pero no sé qué porque nunca la pude llevar al médico’”.

Ese fue el inicio. Luego vino una inmersión absoluta en el tema y la búsqueda de espacios en los que pudiera observar a los niños para entender qué necesitaban. En este proceso, Cuestas tuvo un descubrimiento definitivo: “me di cuenta de que podíamos cambiar la posición de los niños, basándome en el método Bobath. Empecé a hacer prototipos y el Centro de Rehabilitación CERES me abrió sus puertas. Recuerdo muy bien que en todos los lugares me decían ‘pero tú eres diseñadora, ¿qué vas a hacer acá si solo viene personal de salud?’ Pero yo solo necesitaba que me dejaran ver a los niños”.

Asistiendo de cerca a las sesiones de fisioterapia, Leidy Cuestas pudo materializar las necesidades de los pacientes en el Kit de Rehabilitación Smile, con un objetivo en la cabeza: “romper el paradigma de que fueran los niños quienes se acercaran al sistema de salud. Kit Smile lleva salud a los niños y niñas, a través de un sistema de rehabilitación que permite tres posiciones en su diario vivir: alimentación, ejercicios y descanso”.

La estimulación es clave en niños que padecen esta enfermedad, pues mejora sus condiciones físicas y cognitivas. El kit está basado en el concepto de ‘desdramatizar’ la enfermedad, por lo que está diseñado para verse como un juguete colorido y cómodo, lo que permite llamar la atención de los niños. Además, es totalmente plegable y a medida que van creciendo los niños, se ajusta.

Unidos para Sonreír

Cuestas tardó cerca de dos años en materializar el proyecto y hacerlo rentable, junto a sus colaboradores. Sin embargo, la inspiración pareció apagarse. “El 6 de diciembre de 2015 llamé a la mamá de Laura para contarle que ya tenía patrocinio para entregarle al kit. Dos días después de la noticia, Laura murió. No sabemos por qué”. Cuestas pensó en abandonarlo todo, pero a su alrededor se referían a Laura como un ángel y una inspiración. Eso le permitió volver al ruedo; “después de unos meses muy duros decidí crear la fundación Unidos para Sonreír. Allí tomamos casos de niños y niñas que no tienen recursos, casi el 80% de la población, y buscamos aliados para poder entregarles el kit”.

La ayuda técnica va de la mano de un acompañamiento médico y psicológico. Profesionales de la salud capacitan a madres y cuidadores de los pacientes para que sepan llevar los procesos de rehabilitación de sus hijos. Cuestas asegura que esa es la clave, “este es nuestro diferencial porque construimos una relación con los cuidadores de los niños, de las cuales el 90% son madres cabeza de hogar que renuncian a sus empleos para dedicarse al cuidado y quienes representan las tasas de pobreza extrema más altas del país”.

Te interesa conocer más historias de emprendedores? Lee: Komercia.co: ¿cómo empezar en el comercio digital? 

La pasión y el corazón hace que las cosas pasen. Y no ha sido diferente para este proyecto reconocido en más de 10 países y que ya cuenta con una patente de invención que lo hace único en el mundo. La inspiración de ayudar se renovó; por eso, Cuestas asegura con convicción: “hemos pensado antes en los demás que en nosotras mismas y ha sido un esfuerzo de que la gente conozca las necesidades de otros. Nuestros resultados son reales, seguimos de cerca los procesos de los niños y mostramos el antes y el después de sus procesos”.

La calidad de vida de por lo menos 21 millones de colombianos depende, en diferentes niveles, de los beneficios que ofrecen las cajas de compensación. Sin ellas, dicen desde Asocajas, la estabilidad de la clase media sería incierta.

Edith Patricia De Hoyos se considera una usuaria integral de Colsubsidio. Gracias a esta, dice, tiene vivienda, opciones de sobra para vacacionar, una cuota monetaria que facilita los gastos de estudio de su hijo de 12 años e incluso la posibilidad de enviarlo a un colegio privado y de calidad, a clases de inglés y de natación. Si las cajas de compensación desaparecieran, asegura, “la vida sería mucho más complicada”.

Como Patricia, existen en Colombia 21’107.750 personas —entre trabajadores y sus familiares— que se benefician de una u otra forma de los subsidios y servicios que ofrecen las cajas de compensación familiar, asegura Adriana Guillén, presidenta de Asocajas.

Para ella, estas son uno de los pilares del sistema de protección social colombiano, tan importantes como los sistemas de salud, riesgos laborales y pensiones. En sus palabras, “nuestro principal propósito es cerrar brechas sociales, apalancar a la clase media vulnerable y facilitar que se movilice hacia una clase media consolidada”.

 Lee también: 3 distritos creativos colombianos que potencian la cultura 

Vale la pena recordar que, según los más recientes datos del Dane, la clase media pasó de abarcar el 16% de la población nacional en 2002 al 31% en 2017, lo que ubica a cerca de la mitad de ese grupo entre quienes son considerados como emergentes.

“Son personas que todavía no tienen los ingresos suficientes para decir que están en un nivel en el que satisfacen todas sus necesidades, por eso el sistema de compensación ayuda a estabilizarlos y mitigar posibles riesgos”, agrega Guillén.

No es poca cosa si se tiene en cuenta que, de acuerdo con cifras de Asocajas, el 75% de los 21 millones de usuarios ganan menos de dos salarios mínimos, mientras que el 15% reciben entre dos y cuatro.

Es decir, son cerca de 19 millones de personas que cuentan con apoyo en rubros como salud, educación, vivienda, cultura, turismo, economía del hogar y empleo, por parte de las 43 cajas de compensación que existen en el país.

Para dar una mejor perspectiva sobre el asunto, la presidenta explica que los fondos recibieron el año pasado un aporte de $6,9 billones proveniente, como lo ha sido durante 65 años, de un equivalente al 4% de los pagos de nómina que hacen las empresas colombianas que aportan al sistema, unas 685.000 en 2019.

De ello, $2,3 billones fueron destinados al subsidio familiar en efectivo, que es la razón inicial por la que nacieron las cajas de compensación. Esto equivale, según Guillén, a 63 millones de cuotas monetarias giradas al 86% de los beneficiarios de las cajas que lograron con eso un poco más de estabilidad económica.

“Por lo general la ahorro durante algunos meses y lo uso para hacer pagos de colegio, materiales, útiles, uniformes, etc. Es una gran ayuda”, comenta De Hoyos, que es coordinadora académica de la Institución Educativa Eduardo Santos, Soacha.

Te puede interesar: Miniso cumple dos años en Colombia, llega a los 63 locales y lanza su tienda en línea 

Por otra parte, “entre el 5 y el 11% de ese dinero, dependiendo del tamaño de cada caja, es para subsidios de vivienda para los trabajadores y sus familias”. De esta manera, se asignaron $1,2 billones desde dicho rubro solo en 2019, que no solo aseguraron un techo para más personas, sino que también dinamizaron a uno de los sectores económicos más importantes: la construcción.

El Ministerio de Vivienda estima que en 2019 se comercializaron 119.000 viviendas de interés social, mientras que el Dane estima que el 7,1 % de los empleos del país son generados por la construcción.

Gracias a esta ayuda, la docente pudo iniciar el proceso para su primera casa propia en la Ciudadela Maiporé, que además de vivienda cuenta con colegio —donde estudia el hijo de De Hoyos—, supermercados con beneficios para los afiliados y zonas verdes más que suficientes.

“En Colsubsidio me orientaron y me mostraron todas las posibilidades que tenía. Si no lo hubiera hecho con la ayuda de ellos, hoy no tendría la comodidad y los márgenes que me permiten estar tranquila; es tener calidad de vida”.

Bienestar que también se ve en la niñez y la educación. Como explica Guillén, estas entidades “también apoyan al ICBF en el trabajo con niños de cero a seis años y en jornadas escolares complementarias con programas de bilingüismo, comprensión de lectura y matemática. Se trata de una iniciativa con la que se atienden a cerca de 576.000 niños y niñas en alrededor de 1.400 jardines infantiles y para la que se dedican entre el 5 y el 10% de los fondos que reciben estas entidades”.

Paralelamente está el Fondo de Protección al Cesante, que el año pasado entregó ayudas monetarias por $350.000 millones a personas que quedaron en desempleo. “El subsidio al desempleo se les entrega durante un término de seis meses. Adicionalmente se les pagan los aportes a pensión y a salud y se les capacita para que vuelvan a entrar al mundo laboral”.

Para ello, existen 42 agencias de empleo que, al igual que el resto del programa, se financian con hasta el 11,5 % de los ingresos que reciben las cajas por parte de las empresas colombianas.

Tampoco se queda atrás el hecho de que estas entidades destinan entre el 7 y el 10% de dichos ingresos, unos $600.000 millones, a la Administradora de los Recursos del Sistema General de Seguridad Social en Salud (Adres) o que tienen afiliada, en sus propios servicios de salud, a una tercera parte de la población colombiana.

Una vez descontados todos estos servicios, quedan otros igualmente importantes: recreación, cultura, turismo. “Si uno mira la disponibilidad de esos parques, hoteles y programas, se da cuenta que rara vez hay cupo”, asegura la vocera.

Después de todo, la mayor parte de la red de bibliotecas del país son operadas o pertenecen a alguna caja de compensación, que además cuentan con 271 teatros, centros culturales y centros de convenciones.

“Entonces si me preguntan qué pasaría si se elimina el sistema de compensación, tendría que decir que 19 millones de colombianos se quedarían sin una cantidad de servicios que les generan calidad de vida; se acabarían los contratos de cerca de 73.000 personas que trabajan en las cajas; algunos municipios se quedarían sin la infraestructura para prestar servicios recreacionales, culturales, deportivos y educativos”, asevera Guillén.

En palabras de De Hoyos, “se maximizarían los esfuerzos que tengo que hacer para tener calidad de vida, habría muchas cosas a las que no podría acceder por mí misma”.

Cargando...